Me gustan las estaciones de tren, con su vaivén de gentes apresuradas, otras que no saben muy bien a donde ir y las que están ahí porque no tienen o no quieren otro sitio donde estar. En estas últimas me incluyo yo. Si te digo la verdad, no tengo muy claro cuando empezó todo, aunque podría aventurarme a pensar que fue aquel día que te vi entrar por la puerta del bar en aquella estación.
Era una tarde lluviosa de agosto y el olor de la tierra mojada se entremezclaba con el rancio hedor del camarero que nos servía unos café. Aunque esta circunstancia no alejó un ápice la expectación que sentía por tu llegada. Me encontraba como un niño el día que dan las vacaciones de verano, con esa desazón que recorre todo el cuerpo catapultándolo fuera de la silla y que no te deja estar sentado más de dos minutos seguidos.
En la megafonía de la estación oíamos anunciar las llegadas y salidas, con ese típico tono monótono e hipnótico, que hace que al cabo de un rato, parezca que todos los trenes llegan e inician su marcha hacia el mismo enigmático lugar. Estábamos sumidos en esa inducida somnolencia cuando de repente apareciste sacándonos de ella. Traías una pequeña maleta, la asías con una mano y en la otra llevabas un paraguas. Te quitaste tu sombrero y te acercaste. Saludaste a todos y finalmente nos presentaron. En aquel instante presentí que te quedarías a vivir en mí para siempre.
Sí, creo que por eso me gustan las estaciones de tren, ver pasar a la gente cargada con sus equipajes, o esa que espera impaciente, como yo esperaba, la llegada de alguien. Me gusta volver a ese viejo bar en los días de lluvia, evocar con sus olores aquel día, esperando que tal vez, no muy tarde, un tren te traiga de regreso otra vez.
Era una tarde lluviosa de agosto y el olor de la tierra mojada se entremezclaba con el rancio hedor del camarero que nos servía unos café. Aunque esta circunstancia no alejó un ápice la expectación que sentía por tu llegada. Me encontraba como un niño el día que dan las vacaciones de verano, con esa desazón que recorre todo el cuerpo catapultándolo fuera de la silla y que no te deja estar sentado más de dos minutos seguidos.
En la megafonía de la estación oíamos anunciar las llegadas y salidas, con ese típico tono monótono e hipnótico, que hace que al cabo de un rato, parezca que todos los trenes llegan e inician su marcha hacia el mismo enigmático lugar. Estábamos sumidos en esa inducida somnolencia cuando de repente apareciste sacándonos de ella. Traías una pequeña maleta, la asías con una mano y en la otra llevabas un paraguas. Te quitaste tu sombrero y te acercaste. Saludaste a todos y finalmente nos presentaron. En aquel instante presentí que te quedarías a vivir en mí para siempre.
Sí, creo que por eso me gustan las estaciones de tren, ver pasar a la gente cargada con sus equipajes, o esa que espera impaciente, como yo esperaba, la llegada de alguien. Me gusta volver a ese viejo bar en los días de lluvia, evocar con sus olores aquel día, esperando que tal vez, no muy tarde, un tren te traiga de regreso otra vez.

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